Infancias

Nos alejábamos de la infancia; la leche

tibia de antes se había cortado

para siempre y ahora sólo

quedaba el sabor de las lágrimas,

del sudor, de la sangre derramada sobre

la que era

imposible llorar. Es nuestra historia

sagrada, con sus trofeos temblorosos

con sus varas macilentas y tiesas. Después

fue el verdadero fin de la niñez, y hubo

paz en los cementerios, y una racha

de luz iluminó

las garganta cegadas

por el horror de tantos cambios y tanto

crecimiento para el desastre.

Había entonces un aire donde nadar, un barro,

donde hundirse en paz, tropezando

en pleno vuelo con un ave del agua; ella

apenas toca con el hocico

nuestro flanco asustado, muerto de escamas,

sensible en la corriente fuerte

de los remansos que giraban

con nuestro tiempo, que estallaban

con nuestros objetivos. Lo rodean

tácticamente, desmenuzaron una estrategia.

La vida fácil alborota

el corazón irresponsable todavía

para amar de otra manera; no tiene

presente los riesgos

que lo rodeaban. Apenas

puede dejarse querer un poco: corazón

simple, pretendiendo abrir

el destino, la carne

de la patria; corazón fracasado,

impotente, débil

ante la fuerza

de los que han fabricado

la tierra y las piedras

y el aire que pisamos, el viento

que nos hace tambalear, dudando

como el estallido de una bomba

sobre el Japón, sobre

todo lo que brillaba, lo que crecía

para el amor o para sus escombros.

Paco Urondo, Adolecer (fragmento) en Obra poética, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2007.

Podemos escuchar otro fragmento de este hermoso libro-poema leído por Cristina Banegas en el documental La palabra justa.

Alfonsina

a storni
Alfonsina Storni en Mar del Plata. Fuente: Wikimedia Commons.

Barrancas del Plata en Colonia


Redoble en verde de tambor los sapos

y altos los candelabros mortecinos

de los cardos me escoltan con el agua

que un sol esmerilado carga al hombro.

 

El sol me dobla en una larga torre

que va conmigo por la tarde agreste

y el paisaje se cae y se levanta

en la falda y el filo de las lomas.

 

Algo contarme quiere aquel hinojo

que me golpea la olvidada pierna,

máquina de marchar que el viento empuja.

 

Y el cielo rompe dique de morados

que inundan agua y tierra; y sobrenada

la arboladura negra de los pinos.

 

                               ——

 

Danzón porteño

Una tarde, borracha de tus uvas

amarilla de muerte, buenos aires,

que alzas en sol de otoño en las laderas

enfriadas del oeste, en los tramontos,

 

vi plegarse tu negro Puente Alsina

como un gran bandoneón y a sus compases

danzar tu tango entre haraposas luces

a las barcazas rotas del Riachuelo:

 

Sus venenosas aguas, viboreando

hilos de sangre; y la hacinada cueva;

y los bloques de fábricas mohosas.

 

echando alientos, por las chimeneas,

de pechos devorados, machacaban

contorsionados su obsedido llanto.

 

——

 

Palabras manidas a la luna

 

Quiero mirarte una vez más, nacida

del aire azul, con gotas de rocío

pendientes sobre el mundo, aligerada

de la angustia mortal y su miseria.

 

Sobre el azogue, más azul, del río,

diciendo “llora”, amé, tan transparente

que no hay palabras para aprisionarte,

nácar y nieve sueños de ti misma.

 

Baja: mi corazón te está pidiendo.

Podrido está; lo entrego a tus cuidados.

Pasa tus dedos blancos suavemente

 

sobre él; quiero dormir, pero en tus linos,

lejano el odio y apagado el miedo;

confesado y humilde y destronado.

 

——

 

Planos en un crepúsculo

 

Primero había una gran tela azúrea

de rosados dragones claveteada;

muy alta y desde lejos avanzando,

pero recién nacida y pudorosa.

 

Y más abajo grises continentes

de nubes separaban los azules;

y más abajo pájaros oscuros

bañábanse en los mares intermedios.

 

Y más abajo aún, ceñudo el bloque

de milenarios pinos susurraba

una canción primera de raíces.

 

Y estaban, más abajo todavía,

prendidos a la tierra los humanos

rechinando los dientes y herrumbrosos.

Alfonsina Storni, Poesía en  Mascarilla y trébol (1938), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.

——

 

Uno

 

Viaja en el tren en donde viajo. ¿Viene

del Tigre, por ventura?

Su carne firme tiene

la moldura

 

de los varones idos y en su boca

como en prieto canal,

se le sofoca

el bermejo caudal…

su piel

color de miel

delata el agua que baño la piel.

(¿Hace un momento, acaso, las gavillas

de agua azul, no abrían sus mejillas,

los anchos hombros, su brazada heroica

de nadador?)

 

¿No era una estoica

flor

todo su cuerpo elástico, elegante,

de nadador,

echado hacia adelante

en el esfuerzo vencedor?

 

La ventanilla copia el pétreo torso

disimulado bajo el blanco lino de la pechera.

(¿En otras vidas, remontaba el corso

mar, la dulce aventura por señuelo,

con la luna primera?)

 

Luce, ahora, un pañuelo

de fina seda sobre el corazón,

y sobre media delicada cae su pantalón.

 

Desde un asiento, inexpresiva, espío

sin mirar casi, su perfil de cobre.

¿Me siente acaso? ¿Sabe que está sobre

su tenso cuello este deseo mío

de deslizar la mano suavemente

por el hombro potente?

                               ——

 

Momento

 

Una ciudad hecha de huesos grises

se abandona a mis pies.

 

Como tajos negros,

las calles

separan el osario, lo cuadriculan,

lo ordenan, lo levantan.

 

En la ciudad, erizada de dos millones de hombres,

no tengo un ser amado…

 

El cielo, más gris aún

que la ciudad,

desciende sobre mí,

se apodera de mi vida,

traba mis arterias,

apaga mi voz…

 

Como un torbellino,

no obstante,

al que no puedo substraerme.

el mundo gira alrededor

de un punto muerto:

mi corazón.

——

 

Torre

 

Suspendida en el aire,

mi casa respira,

por sus anchas ventanas,

la energía

solar.

Encerrándola

en su anillo enloquecedor

el cielo circula por ella

de un extremo a otro

en largos y anchos

ríos de luz.

En el centro,

isla triste y solitaria,

mi cuerpo,

quieto contra la corriente,

absorbe.

 

Alfonsina Storni, Poesía en  Mundo de siete pozos (1935), Buenos Aires, Losada editorial, 2017.

 

Alfonsina Storni  (1892-1938) es considerada una de las poetas más importantes de nuestro país, con gran influencia en las generaciones posteriores. Para leer más sobre ella, la nota de Vicente Muleiro en Caras y Caretas en 2018.

Atenas

viajar desde Atenas hacia algún sitio

permanecer entre el cristal y el pálido reflejo

ese paraíso dibuja fronteras en el mapa

escondido abierto o solo

el abandono que hay en mí

me embriaga de licor y de néctar

y me busco entre cañas o persianas

la casa se llenó de sombras

pero te sigo en la luz a la que fui invitada.

 

 

Inédito.

 

 

Pequeño charco

Pequeño charco por Carlos Castro, FlickrCC.

Más Dickinson

1233

 

Si no hubiera visto el sol

sobrellevar la sombra podría

pero la luz un nuevo desierto

mi desierto me dio―

 

 

739

Muchas veces pensé que la paz había llegado

cuando la paz estaba muy lejos―

como los náufragos ― creen que ven la tierra ―

en el centro del mar ―

 

y luchan más débilmente ― sólo para probar

tan desahuciadamente como yo ―

cuantas ficticias costas ―

antes del puerto hay ―

 

Emily Dickinson, Poemas, trad. Por Silvina Ocampo, TUSQUETS editores, Buenos Aires, 2006.

 

35

Nobody knows this little Rose ―

It might a pilgrim be

Did I not take it from the ways

And lift it up to thee.

Only a Bee will miss it ―
Only a Butterfly,
Hastening from far journey ―
On its breast to lie ―
Only a Bird will wonder ―
Only a Breeze will sigh ―
Ah Little Rose ― how easy
For such as thee to die!

 

Nadie conoce esta pequeña Rosa ―

Podría ser un peregrino

De no haberla cogido del sendero

Y habértela ofrecido

Sólo una Abeja te echará de menos ―

Sólo una Mariposa,

Precipitándose tras un lejano viaje ―

A yacer en su pecho ―

Sólo un Pájaro se preguntará ―

Sólo suspirará una Brisa ―

¡Ah, Pequeña Rosa ― qué fácil

Para alguien como tú morir!

 

Emily Dickinson, Poemas, trad. De Margarita Ardanaz, Ed. Cátedra, Madrid, 2004.

De lo gris

Hace poco leí un hermosísimo libro de Beatriz Vignoli, y quería compartir algunos poemas:

 

Plegaria

 

No me dejes creer.

Déjame amar.

Abre en el mundo

la herida que me abrigue.

 

***

 

Tarde llego ante los ojos

 

Con un cuerpo que era de la primavera,

dorado en olas de salvaje inconsciencia o paraíso,

recaigo en templos gravitacionales, en ortopedias áureas,

en la pregunta marina sobre cómo y cónde hallar rasos y sedas

que cuiden el amor cuando todo lo que queda es la espera.

Tarde llego ante los ojos de un guerrero que es mejor que mi padre,

tarde y sin nada que mostrarle más que hechizos y ensalmos.

Soy Darth Vader de mí, soy mis máscaras que se pegan al hueso,

un saber amatorio vuelto inútil por desgaste del kit experimental,

puedo hablar del futuro todavía en aritméticas balísticas del aire,

en trazos de donde me ausento y se aferra la sed a lo que quede de vos.

 

***

 

La muerte y la doncella

 

Lo único que soportábamos hacer esta prohibido:

no hay comida en el mundo que te guste.

Sedas del peligro, bahía minada de tu sonrisa,

mejor no salvar nada del naufragio.

Que la ruina absoluta testimonie.

Caer bajo tu nombre como si fueras la noche

y no una ausencia en fuga, no estas cartas

grabadas a fuego en el vacío. Quedan marcas en la nada.

Heridos por el sueño hemos vivido. Intactos moriremos.

Fosforecencias de lo muerto nos envía el futuro.

Qué esperabas en la selva. Qué obtendrías del tiempo.

Golpean. No abras la puerta. No hay nadie ahí.

 

***

 

El viento es inocente

 

Como granizo caen tus pasos alejándose

mientras sueño con detectores de metales.

En el sueño no se podían mostrar las armas.

Ajusto el zoom de la espera a lo posible

y desenfoco el mundo.

Una pregunta lo destruiría todo.

 

El viento es inocente

de todo lo que arrasa.

 

 

***

 

Termotanque

1.

¿Acaso alguna vez hubo mundo?

¿Qué envés de un crimen es este amor de páramo,

esta mano sola que te aplaude?

Piadosas niebla y nieve, vengan, velen

los cráteres del odio;

somos lo que nos dieron,

somos los restos vivos del amor.

Soy extranjera en casa.

Todo lo que hice fue conservar la herencia,

recordar la buena suerte.

Todavía comemos de la misericordia;

vivimos ordenando fragmentos de lo que se deshace.

El fuego recuerda la música.

Los pobres levantan el muerto.

Los tontos nos ponemos a pensar.

¿Adónde hay que rendirse?

 

2.

Vamos a esperar que pare el viento,

que cese de hendir el aire su blanda velocidad.

Porque si todo el aire es viento,

si el paisaje no para,

¿cómo fingirá quedarse quieto el tiempo,

hacer como que no pasa?

Viento es el nombre del espacio vuelto tiempo

en la tarde en que una rasa brevedad

viene del fondo,

una merced del aire.

Y si el viento deseara soplar,

ero seríamos:

aire que va

porque quiere, y no

porque no puede no,

no como el aljibe olvidado del corazón,

mudo hasta que se rompe.

 

 

3.

Nostalgia de la esperanza,

no culpes más al mundo.

Todo lo que está vivo es más joven que nosotros.

Mientras hubo palabras sostuvimos el tiempo;

ahora hemos quedado al otro lado de todo,

en el envés del mundo que es esta sepultura

como una gran tiniebla donde enciendo

esta ínfima brasa que parece tus ojos

y cuido con la mano aunque el mínimo fuego

deveore todo el aire.

Falta presión al gas, nada arde bien,

algo obstruido, algo sucio, a lo mejor

falte amor en las entrañas de la tierra.

Ha caído el imperio de las cosas.

Es una democracia de ceniceros robados.

Después de la bondad amarilla de los tilos,

tras la amabilidad navegable del viento,

en la costa tus números aúllan:

¿Era tejido el día con lana de colores?

¿Alguna buena huella me sostiene

para luego de mí?

 

Magenta era, cavado

en un bolsón de bosque como si con manos

sucias de dinamitarles catedrales

pudiéramos sentarnos a vivir.

No eran los días próximos;

eran días futuros.

Nos suavizaba el aire el porvenir.

Y el café era el alimento negro,

sabroso, del pensamiento.

 

Un baño del bebé, acontecimientos

que la madre recuerda:

 

Las cosas de la casa son amables

para quien no odie la forma que ha tomado

su propia vida, enfermas 

de lo que falta…

 

El baño del bebé

en la memoria rota del termotanque.

 

 

4.

Nos salvará que nazca lo que no tiene precio.

Lo nacido brilla en la tiniebla,

estrella de perdón para nosotros:

nosotros, en la zona de la matanza,

nosotros que habitamos la zona de aniquilación

cantamos lo nacido. No hay compasión aquí.

Pero lo nacido nos bendice

en su natividad animal. Adoración

del cachorro de oro, del tesoro

que es un sol en la noche:

precious, my precious. Anillo que nos une

a lo bendito. Panza de lo nacido,

respira.

 

Beatriz Vignoli, Lo gris en el canto de las hojas (Poemas), Baltasara Editora, Rosario, Pcia. de Santa Fe, Argentina, 2014.

Escritora. Publica sus poemas desde 1979. En 1991, comenzó a colaborar en la sección Cultura de Rosario/12, donde actualmente es crítica de Plástica y Literatura. Una reseña suya publicada en Rosario/12 el martes 21 de agosto de 2007 obtuvo en 2009 el premio Blanca Stabile de la Asociación Argentina de Críticos de Arte. Ha colaborado además en el diario The Buenos Aires Herald, el suplemento Grandes Líneas del diario El Ciudadano y las revistas Expreso Imaginario, Diario de Poesía, Hablar de Poesía, trespuntos, Fénix y MOR. Tres de sus novelas se publicaron por capítulos en la sección Contratapa de Rosario/12: “DAF”, “Molinari Baila” y “El Bote”. Las dos primeras fueron publicadas luego como libro, al igual que “Nadie sabe adónde va la noche”, “Es imposible pero podría mentirte” y “Reality”, con la que ganó un segundo premio en la edición 2004 del concurso municipal Manuel Musto. En poesía publicó los libros “Almagro”, “Viernes”, “Bengala” y “Lo gris en el canto de las hojas”. También escribió el libro de crónica barrial “Kozmik Tango”, sobre el cual co-produjo un cortometraje con Mala Frame y la Dirección de Educación de Rosario. Es curadora independiente de artes plásticas y traductora de inglés.

Extraído de https://www.pagina12.com.ar/autores/640-beatriz-vignoli donde publica semanalmente.

Entrevista interesante para conocer más sobre ella: https://www.lanacion.com.ar/2031755-beatriz-vignoli-al-escribir-un-poema-busco-expresar-algo-ya-no-explorar-formas
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre la quietud y las calles. Poemas de Roberto Raschella

Ya ves.

Te dije último:

o se cambia o se muere.

Pero cada cosa es lo que es.

.

El enemigo de la danza.

El monje que prepara muerte.

El pobrecito de los mataderos.

El privilegio de malser.

El zapatero másculo.

La tarde, miniada, decadente.

.

Ya ves.

Los hechos caminan ligeros,

.

y en la absurda pureza de los sacrificios,

en el temor de todo hombre,

el odio estancado deviene piedad.

.

Ya ves.

La urgencia de amar

nos ha vuelto infectos

de un mal casi humano,

.

el mal que es bien,

como la rosa de venganza

en los tumultos. Ya ves:

.

cada cosa es lo que es,

y no hay escampo.

.

 

.

Ah, la impiedad de conocí:

cansado de la oscura ofensa,

cansado de todo juicio,

buscando siempre

cristos y anticristos.

.

¿Qué más puedo amar ahora?

El azul de las agonías,

El fantasma entre las ruecas,

El cuello de los vagabundos afachados,

Las místicas ojeras del amanecer,

No sé.

.

Sólo sé lo acabado, sólo sé

cuándo empezó la historia,

.

en los huesos de padre levantados

que golpeaban el antiguo sentimiento.

.

 

.

Niña que dice no,

niña de los pies pequeños:

una mueca

de temprana violencia

ya gastó tus mejillas,

como una hebra apenas tejida.

.

¿Dónde está tu sonrisa

que exhalaba quietud?

.

¿Dónde están

las vísceras de tus hermanos?

Tan negras también,

como los murales exterminados;

de agua estremecida y sutil,

de cerebros y brazos de piedra

sobre la piedra muerta, tan negras

como la extranjera noche

y el pueblo vivido en las orillas.

.

Mira el mundo ahora, mira,

mundo escarnecido,

tumba de palabras y de cosas,

.

Mira la ciudad rota por los aceites,

la ciudad que fue

voladero de palomas y dulzura artesana,

la ciudad que lava copas

por la mujer y el hijo.

.

Mira también la alegría

de los amigos, el escorzo

galopado de follajes

y de luces. Mira la miseria

nueva, la vergüenza de soledad.

.

Mira a los jóvenes, ornados

de blanco, frágiles, monstruosos,

devorando el rocío

.

en la tímida hierba de agosto.

.

Roberto Raschella, de Tímida hierba de agosto (2001) en La casa encontrada. Poesía reunida 1979-2010, Fondo de Cultura Económica, Bs.As., 2011.

Foto: Cerchiara di Calabria, 1974; F. Silvestro Barbato, Flickr CC.

Roberto Raschella (Buenos Aires, 1930).
Es maestro, escritor, poeta, ensayista y crítico de cine. A partir de 1959, y durante más de treinta años, fue maestro de educación elemental, tarea que compartió con la escritura de poesía, novelas, guiones y crítica de cine.
Ha traducido, entre muchas otras, obras de Dante Alighieri, Nicolás Maquiavelo, Luigi Pirandello, Pier Paolo Passolini, Italo Svevo y Gabriele D’Annunzio. Ha colaborado en diversas revistas de cine, como Cinema Nuovo, Cinecrítica, Tiempo de cine y Lyra, y en revistas culturales y literarias, como Innombrable, La ballena blanca y El jabalí. En 1999, recibió el premio Boris Vian y, en 2004, el segundo Premio Nacional de Novela, otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación, ambos por la novela Si hubiéramos vivido aquí. En 2005 obtuvo la beca Guggenheim.
Es autor de las novelas Diálogos en los patios rojos (1994), Si hubiéramos vivido aquí (1997) y La historia que nunca les conté (junto a Mariano Fiszman, 2005), y de los libros de poesía Malditos los gallos (1979), Poemas del exterminio (1988) y Tímida hierba de agosto (2001), reunidos en el volumen que FCE ha editado junto al libro, hasta ahora inédito, La casa encontrada (2011).
Fondo de Cultura Económica ha editado La casa encontrada. Poesía reunida, 1979-2010 (2011).

Extraído de: https://www.fce.com.ar/ar/autores/autor_detalle.aspx?idAutor=2702

Árboles, durezas y mujeres

Las últimas palabras de mi abuela inglesa

 

Había  algunos platos sucios

y un vaso de leche a su lado

sobre una mesilla junto a la cama

enmarañada y apestosa…

 

Acurrucada y casi ciega

yacía y roncaba-

despabilándose con un tono de voz disgustado

para pedir a gritos la comida:

 

¡Dame algo de comer!”,

“Dejeme que la lleve

al hospital -le dije-

y cuando se encuentre bien

 

podrá usted hace lo que le plazca.”

Me sonrió. “Vale,

primero haz tú lo que te plazca

y después podré hacer yo lo que me plazca a mí…”

 

“¡Ay, ay, ay!”, gimoteó

cuando los hombres de la ambulancia

la pusieron en la camilla:

” ¿Y a esto lo llamáis

 

ponerme cómoda?”

A esas, alturas su mente estaba despejada:

“Ah, os creiés muy listos

vosotros los jóvenes

 

-dijo- pero yo os digo

que no sabéis nada de nada”.

Entonces arrancamos.

Durante el trayecto

 

pasamos a lo largo de una hilera

de olmos. Estuvo mirándolos un rato

por la ventana de la ambulancia

y dijo:

 

“¿Qué son todas esas cosas ahí fuera

cubiertas como de pelusilla?

¿Árboles? Bueno, ya estoy

harta de ellos”, y giró la cabeza.

 

 

William Carlos Williams, 1921. Fuente: Wikimedia Commons
William Carlos Williams, 1921. Fuente: Wikimedia Commons.

 

 

Retrato proletariado

Una mujer joven y alta sin sombrero

en delantal

 

El pelo recogido parada

en la calle

 

Un pie enfundado en una media

que roza la acera

 

El zapato en la mano. Observa

atentamente el interior

 

Saca la plantilla de papel

para encontrar el clavo

 

Que ha estado haciendole daño

 

 

Fuente: Wikimedia Commons
Fuente: Wikimedia Commons

 

Las peonías robadas

Lo que me daban las mujeres

era difícil decirlo

Flossie

 

tú no

tú viviste conmigo

muchos años recuerda

 

el año en que tuvimos

aquel magnífico tiesto

de peonías

 

qué contentos estábamos

los dos con ellas

pero una noche

 

nos las robaron

compartimos la pérdida

ninguno pudo pensar

 

en nada más

durante todo un día

nada podría

 

habernos unido tanto

llevábamos

casados diez años

 
William Carlos Williams, (trad.J.M. López Merino) Antología bilingûe, Alianza Editorial, Madrid, 2009.

William Carlos Williams, (1883-1963) poeta estadounidense. Para conocer más sobre su obra leer el blog de Sandra Toro o el de Jorge Aulicino, como también el artículo en Buenos Aires Poetry y en Eterna Cadencia.