Austerlitz (II)

Deshielo.Aventura23

En cualquier caso, en todos esos años no pensé a menudo en Austerlitz, y cuando alguna vez pensaba en él, en un abrir y cerrar de ojos volvía a olvidarlo, de forma que la reanudación de nuestra relación, en otro tiempo tanto estrecha como distante, sólo se produjo dos años más tarde, en diciembre de 1996, por una rara concatenación de circunstancias. Yo estaba entonces precisamente algo inquieto, así de la noche a la mañana, mi ojo derecho había perdido casi totalmente la vista. Aunque levantara la vista de la página abierta ante mí y la dirigiera a las fotografías enmarcadas de la pared, con el ojo derecho sólo veía una serie de formas oscuras, detalles se habían disuelto, de forma indiferenciada, en un amenazador rayado negro. Al mismo tiempo me parecía continuamente como si viera en los márgenes de mi campo visual con claridad no disminuida, como si sólo tuviera que dirigir la atención ha­cia un lado para hacer desaparecer aquella debilidad, histérica como creí al principio. Sin embargo, no lo conseguía, a pesar de haberlo probado reiteradamente. Más bien, las zonas grises parecían extenderse, y a veces, cuando abría y cerraba los ojos alternativamente, para poder comparar el grado de agudeza visual, me parecía como si también en el lado izquierdo se hubiera producido cierta disminución de la visión. Bastante alterado ya por lo que, según temía, era una pérdida progresiva de la vista, recordé haber leído una vez que, hasta muy entrado el siglo XIX, se echaba en la retina a las cantantes de ópera, antes de salir a escena, lo mismo que a las jóvenes a las que se presentaba un pretendiente, unas gotas de líquido destilado de la planta solanácea belladona, con lo que sus ojos resplandecían con un brillo arrebatado, casi sobrenatural, aunque ellas no pudieran percibir casi nada. No sé ya cómo relacioné esa reminiscencia, aquella oscura mañana de diciembre, con mi propio estado, salvo que, en mi pensamiento, tenía algo que ver con la falsedad de la apariencia hermosa y el peligro de su extinción prematura, y que, por eso, me inquieté por la continuación de mi trabajo, pero al mismo tiempo me sentía lleno, si puedo decirlo así, de una visión salvadora, en la que, liberado de tener que leer y escribir continuamente, me veía sentado en un sillón de mimbre en un jardín, rodeado por un mundo sin contornos, sólo reconocible aún por sus débiles colores. Como en los días que siguieron no se produjo ninguna mejoría en mi estado, poco antes de Navidad fui a Londres a ver a un oftalmólogo checo que me habían recomendado, y como siempre que bajo a Londres solo, también aquel día de diciembre se removió en mí una especie de sorda desesperación. Miraba el paisaje llano, casi sin árboles sobre los gigantescos campos pardos, las estaciones de tren en las que nunca me apearía, la bandada de gaviotas que, como siempre, se habían congregado en el campo de futbol de las afueras de Ipswich, las colonias de huertos familiares, los arbustos raquíticos, cubiertos de hierba de los lazarosos muerta, que crece en los terraplenes, las marismas y canales junto a Manningtree, las barcas hundidas de lado, la torre del agua de Colchester, la fábrica de Marconi en Chelmsford, la pista de carreras de galgos vacía de Romford, las feas traseras de las casa adosadas, junto a las cuales la vía férrea se dirige a los suburbios de la metrópoli, el camposanto de Manor Park y las torres de viviendas de Hackney, todas las vistas siempre iguales, siempre, cuando voy a Londres, que pasan por mi lado y, sin embargo, no me son familiares, sino que –a pesar de los muchos años transcurridos desde mi llegada a Inglaterra- han seguido siendo ajenas y siniestras. Siento miedo especialmente cada vez en el último trecho del trayecto, cuando el tren, poco antes de entrar en la estación de Liverpool Street, pasando por varias agujas tiene que deslizarse por un paso estrecho y donde los muros de ladrillo ennegrecidos de hollín y gasoil que se alzan a ambos lados de la vía, con sus arcos redondos, columnas y nichos me recordaron también aquella mañana un columbario subterráneo. Eran ya alrededor de las tres de la tarde cuando llegué a Harley Street, a una de las casas de ladrillo malvas ocupadas casi exclusivamente por ortopedas, dermatólogos, urólogos, ginecólogos, neurólogos, psiquiatras y otorrinolaringólogos, y estuve junto a la ventana en la sala de espera de Zdenek Gregor, llena del suave resplandor de las lámparas y un poco excesivamente caldeada. Del cielo gris, suspendido muy bajo sobre la ciudad, descendían flotando algunos copos aislados que desaparecían en los oscuros abismos de los patios traseros. Pensé en el comienzo del invierno en las montañas, en el silencio completo y en el deseo que siempre tenía de niño de que todo quedara cubierto de nieve, el pueblo entero y el valle hasta las mayores alturas, y en que entonces me imaginaba cómo sería cuando en la primavera nos desheláramos y saliéramos del hielo.

HarleyStreet

W.G.Sebald, Austerlitz, ed. Anagrama.

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Publicado por

Alejandra Aguirre

Nací en Buenos Aires en 1970. Participé de la Clínica de Escritura Poética coordinada por Liliana Lukin y publiqué en la Antología 2008/2009 y Antología 2010/2011 (Ediciones La BIblioteca). Ventana lateral recibió la segunda mención del premio Fondo Nacional de las Artes (2009). En 2013 publiqué al ras en Ediciones La Biblioteca.

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