Más Adelia Prado esta mañana de lunes

AFLUENCIA

Yo hice un libro, pero, oh mi Dios,
no perdí la poesía.
Hoy después de la fiesta,
cuando me levanté para hacer café,
una densa neblina volvía de ceniza los pastos,
las casas, las personas con los paquetes de pan.
El hilo indesarmable de la vida tejía su curso.
Persistiendo, la necesidad de los relojes,
de los descongestionantes nasales.
Mi libro sobre la mesa contrapunteaba exacto
con los gorriones, los urinales por la mitad,
el antiguo e intenso deseo de un verso.
El reloj sonó sin asustar a las migas sobre la mesa.
Como antes, gracias a Dios.
Niño mirando por la ventana

Imagen: Niño mirando por la ventana, Rodrigo Alvarez en Flickr CC.

HUÉRFANA EN LA VENTANA

Estoy con nostalgia de Dios,
una nostagia tan honda que me seca.
Estoy como paja y nada me conforta.
El amor hoy está tan pobre, tiene gripe,
mi aliento no está para salones.
Me quedo en casa esperando aDios,
escarbando la uña, hurgando mi nariz llorosa,
queriendo un póster de él, en mi cuarto,
amando igual que antes
la palabra crepúsculo.
Toda la vida supe que el mundo es destierro.
Cuando el sol se va es para la casa de Dios que va,
para la casa donde está mi padre.

Adelia Prado, EL CORAZÓN DISPARADO, colección Brönte, Editorial Leviatan, Buenos Aires, 1994.

LA POESÍA, LA SALVACIÓN Y LA VIDA

 

Don Raúl lleva un pantalón azul marino

y atraviesa la calle temprano

para reirse a carcajadas con el vecino.

Negro bueno.

El azul del pantalón de Don Raúl

parece pintado por un pintor;

es más un color que un pantalón.

Me quedo pensando:

qué tiene que ver

el pantalón de don Raúl con el momento

en que Pilatos decide la inscripción:

JESÚS NAZARENUS REX JUDEORUM.

Yo no sé en qué

pero sé que existe un grano de salvación

escondido en las cosas de este mundo.

Si no, cómo explicar:

el rostro de Jesús tiene manchas moradas,

reluce el broche de bronce

que prende las capas en los hombros de los soldados romanos.

Un rayo hiere el cielo: amarillo-azul profundo.

Los rostros quedan pálidos, del color de la tierra,

el color de la sangre pisoteada.

¿De qué color eran los ojos del centurión convertido?

El pantalón azul de don Raúl,

para mí,

es parte de la Biblia.

Adelia Prado, El corazón disparado, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1994.

 

 

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