La piedra alada

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El pelícano, herido, se alejó del mar

             y vino a morir

sobre esta breve piedra del desierto.

Buscó,

durante algunos días, una dignidad

para su postura final:

acabó como el bello movimiento congelado

                          de una danza.

 

Su carne todavía agónica

empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus

         huesos

blancos y leves

resbalaron y se dispersaron en la arena.

                                     Extrañamente

en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,

sus gelatinosos tendones se secaron

y se adhirieron 

a la piedra

         como si fuera un cuerpo.

 

Durante varios días

            el viento marino

batió inútilmente el ala, batió sin entender

que podemos imaginar un ave, la más bella,

                       pero no hacerla volar.

 

José Watanabe, La piedra alada , Ed. Bajo la Luna.

 

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